Empleo en EE. UU. se enfría
Hay titulares que se sostienen por una sola cifra. Pero, en economía, el impacto real suele venir de otra cosa: la corrección silenciosa de lo que creíamos saber. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el último balance del mercado laboral estadounidense. Una revisión estadística de gran calado ha reescrito el guion de 2025 y, con ello, ha colocado al empleo en el centro de una inquietud que se venía acumulando desde hace meses: la creación de puestos de trabajo fue mucho más débil de lo estimado y deja a 2025 como el peor año de generación neta de empleo desde 2003, descontando periodos recesivos.
El dato es más que simbólico. Es un cambio de perspectiva que afecta a consumidores, empresas, inversores y a la política monetaria. Porque un mercado laboral “frágil” no significa necesariamente una oleada inmediata de despidos; puede ser algo más sutil y, a la larga, igual de dañino: un entorno de contratación lenta, oportunidades escasas para quienes buscan cambiar de empleo, y una economía que avanza con el freno de mano puesto.
1) El giro que cambia la lectura de 2025
La imagen de un mercado laboral sólido se apoya, en Estados Unidos, en un termómetro concreto: la evolución de las nóminas no agrícolas y sus revisiones. Cada mes se publica una primera estimación, pero esa cifra no es definitiva. Se revisa —y, en ocasiones, se reescribe— a medida que entra más información. Y, una vez al año, llega el ajuste más importante: la actualización “ancla” que compara lo estimado con recuentos casi completos vinculados a registros administrativos.
Esta vez, el ajuste no ha sido menor. La creación de empleo a lo largo de 2025 se ha recalculado con un resultado muy distinto: la economía habría añadido solo 181.000 empleos en todo 2025, frente a una cifra previamente más alta. Dicho de otro modo: apenas unos 15.000 puestos al mes de media. En una economía del tamaño de la estadounidense, ese ritmo no es “enfriamiento”; es casi parálisis. Y, además, el recorte no se limita a una cifra anual: la creación de empleo en los 12 meses hasta marzo de 2025 se redujo en 898.000 puestos frente a lo que se creía.
La consecuencia es contundente: 2025 pasa a ser el año con peor creación de empleo fuera de una recesión desde 2003. No es una etiqueta hecha para el drama; es un recordatorio histórico. Porque 2003 fue un año en el que el país aún digería las secuelas del estallido tecnológico y una recuperación lenta. Que 2025 —en teoría, sin una recesión formal— se acerque a ese patrón dice mucho sobre la debilidad “por debajo de la superficie”.
2) Enero de 2026 mejora el titular… pero no el diagnóstico
En medio de esa revisión, el arranque de 2026 ofrece una cifra que, en otro contexto, se celebraría con alivio: en enero, los empleadores añadieron 130.000 puestos de trabajo, muy por encima del consenso que apuntaba a un avance modesto. El contraste con diciembre es evidente: en ese mes se registraron 48.000 nuevos empleos.
También el desempleo se movió en la dirección “correcta” en el corto plazo: la tasa de paro cayó al 4,3% desde el 4,4%, marcando su nivel más bajo desde el verano pasado. Pero el mensaje real no está solo en el total, sino en la composición: el crecimiento no fue amplio ni equilibrado.
El grueso del empleo se concentró en un sector que lleva años actuando como “colchón” del mercado laboral: la sanidad, que sumó 137.000 puestos. Esa cifra, por sí sola, explica casi todo el avance neto del mes. Porque mientras la salud tiraba del carro, otros ámbitos se quedaban atrás o incluso retrocedían: hubo descensos en áreas como gobierno, finanzas y transporte y almacenamiento. La fotografía es la de un mercado laboral que crea empleo, sí, pero de forma cada vez más estrecha y dependiente de islas de demanda relativamente estables.
Incluso donde hubo mejora, fue más una señal de respiración que de impulso: la manufactura añadió 5.000 empleos, su primer aumento desde noviembre de 2024. Es un dato positivo, pero insuficiente para afirmar que la industria esté entrando en una fase expansiva. Más bien sugiere que el deterioro podría estar tocando fondo en algunos segmentos, mientras el conjunto sigue limitado por la incertidumbre y los costes financieros.
3) Por qué “la peor cifra desde 2003” importa más que el titular
La referencia a 2003 no es solo un golpe emocional. Funciona como umbral histórico porque subraya un elemento clave: la diferencia entre “no destruir empleo” y “crear suficiente empleo”. En una economía grande, el empleo debe crecer no solo para mejorar, sino para absorber el crecimiento de la población y de la fuerza laboral. Cuando el ritmo de creación de puestos se reduce a una cifra tan baja como la que ahora se atribuye a 2025, aparecen tres efectos prácticos:
- Se alarga el tiempo de búsqueda para quienes están desempleados o quieren cambiar de trabajo. Menos vacantes y menos contrataciones significan menos oportunidades reales, aunque el paro no se dispare de inmediato.
- Se frena la movilidad laboral, lo que tiende a reducir el poder de negociación de los trabajadores. Si la rotación cae, la competencia por talento se suaviza.
- Aumenta la vulnerabilidad ante cualquier shock. Cuando el empleo avanza con lo justo, cualquier golpe —un frenazo del consumo, un ajuste en inversión, un repunte de costes— puede empujar la tasa de paro al alza con rapidez.
- Por eso, aunque enero muestre un rebote, la revisión de 2025 actúa como una alarma: indica que el mercado laboral llegó a 2026 con menos “colchón” del que se creía.
4) El corazón técnico del ajuste: cómo se reescriben las nóminas
Para entender la magnitud del cambio hay que entrar en la cocina estadística. Las estimaciones mensuales del empleo se publican con información incompleta, porque miles de empresas aún no han respondido o lo hacen con retraso. Por eso, el cálculo inicial se revisa durante los dos meses siguientes, a medida que se incorporan respuestas adicionales y se recalculan ajustes estacionales.
Además, una vez al año se realiza el ajuste más relevante: la revisión de referencia que “reancla” las estimaciones a recuentos administrativos casi completos, construidos a partir de registros asociados a impuestos y seguros de desempleo. Esa operación reduce errores de muestreo y de modelización. En la práctica, es una auditoría estadística: lo que parecía cierto con encuestas parciales se contrasta con datos más completos.
Estas revisiones no son un fallo; son el mecanismo estándar para mejorar la precisión. Pero cuando el cambio es grande, el impacto sobre la narrativa es inevitable: no se trata de una décima aquí y allá, sino de una reinterpretación del pulso real del empleo durante todo un año.
5) Un mercado “de baja combustión”: pocas vacantes, pocas contrataciones, pocas salidas
El empleo no se mide solo por lo que se crea. El estado de salud del mercado laboral también se ve en el volumen de vacantes, en la facilidad para cambiar de trabajo y en la velocidad de contratación. Y aquí el mensaje ha sido consistente: la economía se mueve en un régimen de “bajo fuego”.
En las últimas semanas han aparecido señales de advertencia más allá de las nóminas: por ejemplo, una caída pronunciada de las vacantes laborales a finales de 2025. Cuando las vacantes bajan, las empresas no necesariamente despiden al instante; primero dejan de publicar ofertas, congelan procesos y alargan reemplazos. El resultado es un mercado que parece estable por fuera, pero se endurece por dentro: el trabajador que quiere un salto de salario o de sector se encuentra con puertas cerradas; el desempleado ve cómo el número de opciones se reduce y la búsqueda se prolonga.
Esa dinámica explica una contradicción que se ha vuelto habitual: índices financieros fuertes y crecimiento económico, pero sensación social de estancamiento. Cuando la contratación se estrecha, la economía puede “crecer” sin que la mayoría lo perciba como mejora.
6) La Reserva Federal observa un empleo “frío, pero estable”
En este contexto, la política monetaria es un actor central. La autoridad monetaria mantuvo recientemente el tipo de referencia en un rango del 3,5% al 3,75%, una decisión que refleja el delicado equilibrio entre inflación y empleo: el mercado laboral no parece estar en colapso, pero sí en enfriamiento.
De hecho, en su evaluación más reciente se percibe un matiz: si antes se hablaba con más insistencia de riesgos a la baja para el empleo, ahora se interpreta que el mercado puede estar en una fase de estabilización, aunque con ganancias de empleo reducidas. Dicho de forma simple: no hay señales de pánico, pero tampoco de fortaleza.
Para empresas y familias, el mensaje es claro: mientras el empleo aguante “lo suficiente” y la inflación siga siendo un foco, el margen para abaratar el crédito no es automático. Y eso importa porque el coste del dinero condiciona decisiones de inversión, contratación, vivienda y consumo durable. Un mercado laboral ya “enfriado” puede verse aún más presionado si el crédito sigue restringido durante demasiado tiempo.
7) Qué sectores sostienen el empleo y cuáles muestran desgaste
La concentración del empleo en la sanidad no es un fenómeno nuevo, pero sí cada vez más decisivo. Cuando el crecimiento neto depende de uno o dos sectores, el mercado se vuelve menos resiliente: cualquier desaceleración en ese motor puede afectar al total.
Por el contrario, los retrocesos en ámbitos como transporte y almacenamiento son consistentes con una economía donde el consumo de bienes se normaliza y las cadenas logísticas, tras años de ajustes, operan con mayor prudencia. La debilidad en finanzas puede reflejar una mezcla de factores: digitalización, ajustes de costes y una demanda de crédito que no despega con fuerza en un entorno de tipos altos.
La manufactura, por su parte, ofrece una señal pequeña pero simbólica. El retorno a terreno positivo tras más de un año sin aumentos sugiere que el ajuste industrial puede estar acercándose a un punto de inflexión. Aun así, un dato mensual aislado no define una tendencia.
8) El riesgo no es un desplome súbito: es una erosión lenta
Hablar de “hundimiento” del empleo no necesariamente significa un derrumbe inmediato de millones de puestos. En el ciclo actual, el riesgo más plausible es otro: una erosión lenta, donde las nóminas avanzan poco, las revisiones restan confianza y, con el tiempo, el desempleo empieza a subir por falta de absorción.
En otras palabras: la economía puede seguir “funcionando” mientras el mercado laboral se va endureciendo. Y eso tiene efectos sociales y políticos: más personas atrapadas en empleos que no les satisfacen, menos cambios de carrera, más jóvenes encontrando barreras de entrada, y una sensación general de que el progreso se concentra en pocos segmentos.
La revisión que relega 2025 al peor registro desde 2003 fuera de recesión es una señal de advertencia precisamente por eso: no describe un golpe puntual, sino un año entero de debilidad que ahora se reconoce con datos más completos.
9) Qué mirar en los próximos meses
Con el nuevo marco estadístico, el foco se desplaza a tres preguntas:
- ¿Se amplía la creación de empleo más allá de la sanidad? Si el crecimiento vuelve a diversificarse, la estabilización ganará credibilidad.
- ¿Rebotan las vacantes y la contratación? Sin un repunte de ofertas y de entradas, el empleo puede sostenerse pero el mercado seguirá “congelado”.
- ¿Qué pasa con el desempleo si el crecimiento del empleo se mantiene por debajo de lo necesario? Un alza gradual del paro sería el síntoma de que el bajo crecimiento ya no basta.
Por ahora, el dato de enero aporta oxígeno, pero la revisión de 2025 impone prudencia. En un entorno donde el empleo se corrige a la baja con el paso del tiempo, la pregunta ya no es solo cuántos puestos se crean hoy, sino cuántos de los creados ayer siguen siendo ciertos en el recuento definitivo.
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